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lunes, 14 de noviembre de 2005

Roma en Cartago

Franklin Herrera

Ha sido dantesco. Igual que bajar al infierno y ver cómo a dentelladas devoran el cráneo del conde Ugolino. Un espectáculo de horror. Traído detalle a detalle, impúdica e insolentemente de mañana, tarde y noche, al desayuno, al almuerzo y a la cena por canales de televisión que paradójicamente reclaman porque hay quienes ven pornografía en el Congreso.

Al día siguiente las fotos y los titulares llenan los periódicos. A mí me parecía imposible. Eran escenas de horror que yo había creído ver solo en películas o leído en ficciones literarias de misterio. Pero estaba muy equivocado. Eran imágenes reales. Crudas. Horrendas. Increíbles.

En una madrugada fría en un taller de Cartago varias personas, incluyendo policías armados, están reunidas alrededor de dos perros que devoran a un hombre. Nadie hace nada —al menos nada efectivo— para que las fieras dejen de desgarrar la carne de un ser humano.

La agonía se extiende por más de dos horas. Luego todos tratan de dar una justificación del hecho. A algunos se les nota la alegría tras el disimulo. Otros se frotan las manos. En títulos, en imágenes, en entrevistas todo queda claro y justificado. Ni más ni menos… se trataba de un nicaindigenteladrón. Poco hay entonces que agregar.

La verdad es que para eso están los perros, que hoy para muchos son héroes y no faltó alguien con el chiste agrio, malo, pesado y repudiable de que “a esos perros había que hacerlos beneméritos de la patria”. La verdad es que he tenido que hacer grandes esfuerzos por contener los deseos de vomitar.

Perdónenme, pero no entiendo cómo seres que se dicen personas, entre las que están varias que tenían los medios eficaces para haber liquidado a esos canes, pueden permitir sin hacer nada que a lo largo de dos horas unas bestias devoren a un hombre.

Eso es darle más valor a la vida de las fieras o sencillamente ganas de ver el espectáculo, asistir al circo romano a ver a los leones engullendo a los cristianos o a los gladiadores. Solo que en este caso no se trataba de tracios o de negros abisinios o de bárbaros traídos de los límites lejanos del imperio, sino de un inmigrante pobre, drogadicto y ladrón.

No hay duda de que a este hombre no lo mataron dos perros enfurecidos sino una sociedad que se deshumaniza.

Fuente: La República Digital