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martes, 13 de marzo de 2007

Chelo toco

Buenas noches.

El chelo, o violoncello en las altas esferas sociales, fue para mi desgracia parte de mi corta vida durante un tiempo. Ese instrumento entre violín y contrabajo, sobre el cual se han dicho y escrito bellezas de sus graves y roncos sonidos, fue como la parte de la película donde el héroe sufre para luego salirse con la suya, quitemos al héroe y la película, y ese es mi caso.

Era una calurosa mañana escolar; todavía era yo un tierno niño cursando el sexto grado de escuela. Ese día estábamos todos los alumnos en el aula simulando poner atención al monólogo de la maestra cuando, de un momento a otro, todos nos distrajimos unos instantes volviendo nuestra vista hacia unos individuos que se hacían llamar profesores. El discurso de éstos era el reclutamiento de esclavos para la ejecución de un curioso instrumento que era como un violín, pero a lo bestia. La pregunta, directa y sencilla, era: ¿Hay alguna persona que quiere tocar violonchelo? Señalando con su mano un montón de madera tallada con curiosas formas. Definitivamente no era un discurso muy elaborado.

Un colega y yo fuimos los únicos entre una treintena de estudiantes que mostramos interés por extender nuestros horizontes intelectuales, artísticos y creativos, y tomamos la decisión de indagar e investigar mejor la situación. Luego de algún intercambio entre los profesores y nosotros que permitieron más juicios de valor, evacuando dudas y permitiéndonos conocer más de cerca al instrumento, fueron el paso definitivo para iniciar nuestra carrera como chelistas. En nuestros adentros resolvimos que ese instrumento no era tan difícil de domar y que podía ser una experiencia enriquecedora. Minutos después, luego de algún papeleo rutinario, estábamos dentro del regimiento.

Hoy analizo con toda la profundidad que un recuerdo lejano da y no encuentro una explicación lógica de mi decisión y mucho menos la de mi colega. Creo que en primera instancia nos sentimos retados y únicos al ser de los pocos que estudiaban tal instrumento en todo el colegio; no sé, son indagaciones vagas. Aunque el instrumento era de los menos populares en nuestro recinto, eso no pareció ser definitorio, al final dijimos: "si no nos gusta nos salimos y ya". El destino nos mostraría que en la vida nada es tan fácil...

Las reglas del juego escritas en piedra por los primeros profesores chelistas alrededor del siglo XVIII, eran claras y determinaban dos clases semanales de una duración aproximada de dos horas cada una.

Al principio todo parece un lecho de rosas: este es el puente, este al arco, esta al alma; todos esos nombres eran las partes del chelo. Todo iniciaba muy bien. Viento en popa.

Al cabo de unos meses, y luego de sendas ejecuciones del folleto Suzuki con temas tan exitosos como "Estrellitas", ya uno podía empezar a sacar conclusiones del instrumento y de si uno tenia madera de chelista. Yo, después de ese tiempo, me di cuenta que, aunque al instrumento no estaba tan mal, no sentía que fuera una extensión de mi cuerpo, que fuésemos almas gemelas. Después de unos seis meses, recuerdo que mi camarada y yo decidimos retirarnos del centro de concentración para dedicar nuestro tiempo a otras actividades más fascinantes, pero no contábamos con la astucia de la profesora de largo colmillo y con grandes dotes de convencimiento y soborno. Cuando decidimos darle la noticia de nuestra partida, con razones muy justificadas desde nuestra óptica, ella, la muy chantajista nos dijo lo siguiente: "¿Quieren tener carro, casa, plata?, ¿sí?, pues sigan tocando chelo"; y nos enseñaba el carro de ella y nos contaba de cuanto ganaba y cuanto había conseguido gracias a sus años de práctica y perfeccionamiento en la ejecución chelística. Nosotros, jóvenes, fáciles de convencer y anonadados por el poder material que el chelo nos podía dar, nos quedamos para tener algún día un futuro promisorio. A tan corta edad uno todavía no comprende que las actividades motivadas por el frío metal y los billetes, no llegan nunca a buen suceder; como dice el refranero popular: "el dinero no lo es todo"; cuanta sabiduría en una frase.

Luego de unos meses más, donde ya la historia del carro y la casa había perdido todo peso y convencía menos que las excusas que le damos a nuestra madre cuando llegamos de madrugada, reapareció nuevamente la idea de huir a toda marcha. Aunque suene increíble y esto nos haga parecer a mí a mi colega tarados ante cualquiera con dos dedos de frente, por segunda ocasión la profesora tuvo mucho más colmillo que nosotros, demostrando que sus armas eran poderosas y nuestra mente débil y convencible. Cuando anunciamos nuestra partida definitiva, en este momento la profesora estaba en carreras gracias a un viaje a España para un taller. Esta vez, en lugar de prometernos poder material, nos hizo una oferta prácticamente irrechazable: nos ofreció traernos cientos de chocolates y toda clase de dulces de su viaje, pero con la condición de mantenernos firmes en el batallón. Claro, uno en esos tiempos donde se crecen no milímetros, sino centímetros cada mes por el desarrollo y con el apetito desatado, no pudimos rechazar semejante oferta. Estuvimos de acuerdo, al fin y al cabo, una vez que tuviésemos todas las golosinas en nuestro poder, podíamos iniciar la escapada sin vergüenza [pusilánimemente] y como los peores soldados; total, qué era a lo sumo dos o tres semanas más; luego de meses era nada. El problema fue que el viaje se alargó por más tiempo del que nosotros nos imaginábamos, y cada vez estábamos más y más involucrados en la noble carrera de chelistas.

Mi mente no recuerda cuanto tiempo transcurrió desde la partida de nuestra profesora a tierras europeas, hasta su regreso a casa, pero fue suficiente para estar al menos unos meses más ejecutando obras de compositores raros y aprendiendo cada día más. Ya uno hasta sentía que empezaba a subir de nivel y algunas buenas melodías se le sacaban al aparato. A su venida, como no podía ser menos, llego más cargada que San Nicolás con muchos dulces y chocolates que nos hacia comprometernos con ella a no escapar inmediatamente. "Un tiempo más" cavilábamos.

Lo próximo que nos estimuló un poco a mi colega y a mí, fue una oferta de la gran orquesta de cámara de nuestro colegio, que buscaban la ficha de dos chelistas de nivel. Al ser mi compañero y yo lo mejor que tenía en ese momento el V.F.C y al estar disponible nuestra ficha, se decidió hacer el trámite para pertenecer a la orquesta. No había mucho de donde escoger, así que tuvimos suerte de ser seleccionados. Esta fue una motivación, porque pertenecer a una orquesta, y de cámara, sonaba como algo muy bueno, algo a lo que sólo unos pocos podían acceder. Por fin todo aquel entrenamiento iba a servir para algo más que enseñarle a mi madre lo bien que tocaba escalas de tres octavas.

No sabíamos, por segunda ocasión, que otra decisión como esta nos responsabilizaba aún más con el instrumento, y que las orquestas no son como las pintan. El problema de la orquesta era su nivel, alto en relación con lo que hasta ese momento habíamos logrado obtener mi amigo y yo, así que desde ese momento tuvimos que aprender a marchas forzadas muchas nuevas funciones del sistema operativo, practicando y medio aprendiendo lo que hubiese tomado meses en semanas.

La orquesta era, además de difícil, una humillación para los dos ejecutantes chelistas. Esto porque los primeros días las partituras eran de un nivel extraordinario según nuestros ojos; esto hacia que la sección de chelos fuera todo un desastre: no pegábamos una, y como consecuencia, el director de orquesta nos regañaba en cada ensayo casi como si nos conociera de toda la vida; es que el hijoputa no se guardaba nada y no pensaba que aquellas hojas eran dificilísimas para nosotros. En algunos momentos aparecían cosas en la partitura que si hubiésemos tenido un diccionario de orquestas a mano, le habríamos dado muy buen uso. Lo peor era cuando el director decía: "¡Solo la sección de chelos!", y, mientras toda la orquesta nos admiraba, teníamos que tocar solos, evidenciando nuestro pobre nivel y lo mal que andaba la sección. Por lo menos la gente no se reía por respeto, pero seguramente ganas no faltaban.

Después de meses de regaños, ya empezábamos a observar que estábamos a la altura: algunas veces hasta nos salía bien la parte. Eso no evitó que nuestra idea de salir huyendo desapareciera, al contrario, cada día aumentaba más. El director y sus regaños; la poca afición que teníamos al instrumento, practicando poco y sin ganas de asistir a clase; tocar un instrumento grande e incómodo y que no permitía tocar en grupos de música que no fuera clásica, fueron los detonantes para anunciar a todo al mundo nuestra decisión: abandonábamos nuestra carrera de violonchelistas definitivamente y ningún unto nos iba a convencer. Esto provocó que todo el mundo, incluyendo al director de la orquesta y los profesores de chelo, violín, viola y contrabajo, nos pusieran el ojo encima por tan osada decisión. Ya que mi colega y yo éramos los únicos chelistas con nivel para la orquesta y habiendo completado el nivel uno de capacitación básica para chelistas novatos en orquestas de cámara de nivel medio (tm), nuestro escape iba a ser más difícil que uno de Houdini. El director de la orquesta, hijo del director del colegio, NOS PROHIBIÓ salirnos de SU orquesta, amenazándonos de mil y una formas y hasta con echarnos del colegio. Menudo lío. Ahora resultaba que ahora se estaba coartando nuestra libertad de elegir nuestro destino, cual libre albedrío ni que ocho cuartos, o se quedan en la orquesta o nada. Creo recodar que hasta algunas lagrimas corrieron por la fallida huida. Era difícil creer hasta donde había llegado todo esto.

No tuvimos elección, obligados teníamos que seguir una carrera que habíamos elegido sin querer y en la cual estábamos encerrados y hastiados. Claro era que los profesores nos presionaban para que estudiáramos mucho, ya que nuestra vagancia en la practica del chelo había transcendido más allá de los profesores de chelo y era reconocida por todos los próceres de cuerdas (como se llama a todos estos instrumentos).

Es por eso que, gracias a que el director seguía tomándola contra nosotros, decidieron hacernos, al menos dos veces al año, un examen con jurado para evaluar nuestro nivel, obligándonos a estudiar y a no pasar una vergüenza ante tanto profesor. Eso nos llevaba a ensayar partituras muchas horas para llegar al examen en condiciones.

Las partituras eran sonatas acompañadas por un piano, que servía para que el chelista no se escuchara tanto disminuyendo artificialmente los errores del ejecutante; aunque, según la teoría formal, era para que se escuchara mejor.

Ensayar con el pianista era toda una odisea, había que ponerse de acuerdo con los ensayos: las horas, los días, etc; algunos días el muy cabrón no aparecía, pero uno, listo también, se lo devolvía no llegando otros. Claro, todo eso se pagaba los días previos al examen, cuando había que trabajar horas extras acoplándonos lo mejor posible para que aquello sonara al menos sobre el aprobado.

Para el que nunca haya realizado un examen con jurado, sólo se puede describir como ir al pelotón de fusilamiento, donde hay cinco soldados con sus bayonetas prestos a disparar a la orden del general. Los nervios del ejecutado debían ser más fuertes que el acero, porque cuanto más se acercaba el día del examen, más nervios se tenían, y las noches antes uno hasta soñaba con la puñetera prueba. Minutos antes había que estar lo más tranquilo posible, porque los nervios podían matar.

Mi colega y yo escuchamos la grandiosa historia del té de tilo, que según nuestras abuelas calman los nervios y dan seguridad gracias a poderes aún no estudiados por la ciencia: solamente se tomaba en una jarra del elixir un rato antes del examen y voila, no había de qué preocuparse. Así lo hicimos, y la verdad que la pócima funcionaba, porque de nervios nada; pero una vez estás frente a los cinco profesores, el cuerpo se confundía, porque era una mezcla de calma con miedo extraña. Cuando se empieza la ejecución todo tiembla: las manos, los pies, la voz... era muy gracioso no sentir prácticamente nada de miedo por el té, pero que todo estuviera en una temblorina de cuidado.

Y como todo tiene un principio y un final, mi final llegó luego de cinco largos años como esclavo, que por fin pude terminar graduándome, no por supuesto en chelo. Hoy, luego de seis años, tengo muchos malos recuerdos que no escapan de mi mente, cuando extrañamente ni siquiera me acuerdo de lo que hice ayer. Pero eso no acaba ahí, sino que varias veces me dan ganas de volver a tener en mis manos aquel montón de madera armada para tocarla otra vez, pero ganas de verdad. ¿Estoy loco, desequilibrado o qué? ¿Seré sadomasoquista?

No cabe duda que las experiencias más difíciles de la vida son las que marcan la personalidad y quedan clavadas en la memoria. No sé si todo eso me ayudó a crecer de alguna manera o si me enseñó algo, pero definitivamente caló en mi vida.

La vida es escoger caminos sin saber que puede pasar. Una decisión que parece no tener importancia, puede llevar a donde uno no se imagina. El que no arriesga no gana, pero hay que saber cómo y con qué se arriesga; aunque en algunas cosas en la vida hay que echarse al vació sin pensar.

Ayy ese Conservatorio Castella...

1 comentarios:

Nonano dijo...

Muy inspirador, soy estudiante de musica, tengo 17 años y llevo aproximadamente 3 años estudiando guitarra clásica; este año me interesó mucho el cello y estoy a punto de decidir cambiar de instrumento, lo he pensado bien y creo que ser concertista de cello me agradaria bastante, excelente relato, me alegró el dia.