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viernes, 11 de diciembre de 2009

Internacionalización Amazonía

Durante un debate en una universidad de Estados Unidos, le preguntaron al ex
gobernador del Distrito Federal y actual Ministro de Educación de Brasil,
Cristóvam Buarque, qué pensaba sobre la internacionalización de la
Amazonia.

Un estadounidense en las Naciones Unidas introdujo su pregunta, diciendo que
esperaba la respuesta de un humanista y no de un brasileño.

Ésta fue la respuesta del Sr. Cristóvam Buarque:

'Realmente, como brasileño, sólo hablaría en contra de la
internacionalización de la Amazonia. Por más que nuestros gobiernos no
cuiden debidamente ese patrimonio, él es nuestro.
Como humanista, sintiendo el riesgo de la degradación ambiental que sufre la
Amazonia, puedo imaginar su internacionalización, como también de todo lo
demás, que es de suma importancia para la humanidad.

Si la Amazonia, desde una ética humanista, debe ser
internacionalizada, internacionalicemos también las reservas de
petróleo del mundo entero.

El petróleo es tan importante para el bienestar de la humanidad
como la Amazonia para nuestro futuro. A pesar de eso, los dueños de las
reservas creen tener el derecho de aumentar o disminuir la extracción de
petróleo y subir o no su precio.

De la misma forma, el capital financiero de los países ricos
debería ser internacionalizado. Si la Amazonia es una reserva para todos los
seres humanos, no se debería quemar solamente por la voluntad de un dueño o
de un país. Quemar la Amazonia es tan grave como el desempleo provocado por
las decisiones arbitrarias de los especuladores globales. No podemos
permitir que las reservas financieras sirvan para quemar países enteros en
la voluptuosidad de la especulación.

También, antes que la Amazonia, me gustaría ver la
internacionalización de los grandes museos del mundo. El Louvre no debe
pertenecer solo a Francia.

Cada museo del mundo es el guardián de las piezas más bellas
producidas por el genio humano. No se puede dejar que ese
patrimonio cultural, como es el patrimonio natural amazónico, sea manipulado
y destruido por el sólo placer de un propietario o de un país.

No hace mucho tiempo, un millonario japonés decidió enterrar, junto con él,
un cuadro de un gran maestro. Por el contrario, ese cuadro tendría que haber
sido internacionalizado.

Durante este encuentro, las Naciones Unidas están realizando el
Foro Del Milenio, pero algunos presidentes de países tuvieron
dificultades para participar, debido a situaciones desagradables
surgidas en la frontera de los EE.UU. Por eso, creo que Nueva York, como
sede de las Naciones Unidas, debe ser internacionalizada. Por lo menos
Manhatan debería pertenecer a toda la humanidad. De la misma forma que
París, Venecia, Roma, Londres, Río de Janeiro, Brasilia... cada ciudad, con
su belleza específica, su historia del mundo, debería pertenecer al mundo
entero.

Si EEUU quiere internacionalizar la Amazonia, para no correr el
riesgo de dejarla en manos de los brasileños,internacionalicemos
todos los arsenales nucleares. Basta pensar que ellos ya
demostraron que son capaces de usar esas armas, provocando una destrucción
miles de veces mayor que las lamentables quemas realizadas en los bosques de
Brasil.

En sus discursos, los actuales candidatos a la presidencia de los
Estados Unidos han defendido la idea de internacionalizar las
reservas forestales del mundo a cambio de la deuda.
Comencemos usando esa deuda para garantizar que cada niño del mundo tenga la
posibilidad de comer y de ir a la escuela.
Internacionalicemos a los niños, tratándolos a todos ellos sin
importar el país donde nacieron, como patrimonio que merecen los cuidados
del mundo entero. Mucho más de lo que se merece la Amazonia. Cuando los
dirigentes traten a los niños pobres del mundo como Patrimonio de la
Humanidad, no permitirán que trabajen cuando deberían estudiar; que mueran
cuando deberían vivir.

Como humanista, acepto defender la internacionalización del mundo; pero,
mientras el mundo me trate como brasileño, lucharé para que la Amazonia, sea
nuestra. ¡Solamente nuestra!',

OBSERVACIÓN: Este artículo fue publicado en el NEW YORK TIMES,
WASHINGTON POST, USA TODAY y en los mayores diarios de EUROPA y
JAPÓN.

En BRASIL y el resto de Latinoamérica, este artículo no fue
publicado.

Curioso personaje, ese tal de motociclista. Es difícil creer que sea posible preferir las incomodidades de una motocicleta, en la que se viaja precariamente instalado sobre un asiento chiquito, en la que hay que hacer acrobacias para mantener el equilibrio, y rogar que no haya arena javascript:void(0)en el camino.

Cómo pueden creer que es cortés transportar un pasajero, sin ninguna comodidad ni seguridad, obligando al (o a la) pobre infeliz a abrazarse al piloto, estando expuestos ambos a toda clase de molestias: lluvia, calor, frío, polvo, piedras, escupidas, o la ducha de agua sucia arrojada por los automóviles que pasen por algún badén a su lado. O los negros y hediondos gases de escape de los camiones en las avenidas transitadas, por ejemplo. Y ni hablar de la necesidad de usar camperas, cascos, botas, guantes y pañuelos, inclusive en los días más calurosos.

Todo eso cuando vivimos en una época en la que los automóviles nos ofrecen toda clase de comodidades y elementos de seguridad. Aire acondicionado, que nos permite llegar al trabajo sin transpirar ni oler mal; bolsas de aire, barras de refuerzo laterales, cinturones de tres puntos, etc., que proveen seguridad a conductor y pasajero; equipos de sonido; la posibilidad de conversar a placer con los pasajeros (los pasajeros) sin tener que gritar.

Personaje extraño, el motociclista...

Sin embargo, a pesar de todo lo que dije antes, veo siempre en sus rostros una extraña y particular sonrisa que no recuerdo haber esbozado yo mismo en mi auto, incluso disfrutando de todas las comodidades que tiene.

Entonces comencé a prestar un poco más de atención y descubrí que, durante mis viajes, los motociclistas que se cruzaban en las rutas se saludaban con señas, bocinas y luces, sin importar qué moto conducían, ni que nunca se hubieran visto antes. Muy raro...

Averigüé también que ellos frecuentemente se reúnen, como si fueran amigos de mucho tiempo, como aquellos que tenemos tan pocos y apreciamos tanto.

Percibí la solidaridad que los une. Observé también que debajo de muchas de aquellas pesadas ropas de cuero, pañuelos en la cabeza, botas, cadenas y expresiones ceñudas, había personas de todas clases, incluyendo médicos, jueces, abogados, militares, profesores, etc., que en aquel momento nada se parecían a los sesudos, formales e irreprochables profesionales que eran en el día a día. Encontré también a algunos colegas, a los que nunca imaginé ver pertrechados así.

Muy raro...

Al conversar con algunos de ellos, oí acerca de los indescriptibles placeres de “salir a la ruta” en dos ruedas;
sobre la experiencia de conocer nuevos amigos por donde se pase; de la alegría al redescubrir el placer de la aventura, sin importar la edad; y de la posibilidad de ser libre y alegre, rompiendo las barreras que existen solamente en nuestras mentes, tan acostumbradas a la mediocridad.

Vi, oí y medité sobre este asunto... y cambié mi visión anterior: Maravilloso personaje, el motociclista.

Aunque tuve muchas motocicletas, nunca fui un verdadero motociclista. Es un error que trato ahora de enmendar.

Mejor que una moto nueva, la moto de mis sueños.

Más que solo una moto, la llave que abre los grilletes que representaban los miedos y los prejuicios que durante tanto tiempo me impidieron disfrutar de tantas aventuras y amistades.

Dios sabe del tiempo que perdí y las experiencias que me privé de vivir.

Si antes los miraba extrañado, incluso siendo dueño de una moto (pero no un motociclista), los veo ahora con profunda admiración. Y, cuando no estoy con ellos, con un poquito de envidia.

Lo interesante es que conozco personas que jamás tuvieron motos, pero están en perfecta sintonía con el ideal del motociclista. Algunas llegan incluso a participar en encuentros y listas de discusión. Lo que importa es la filosofía.

Hoy, mi esposa y yo, montando nuestros sueños, planeamos, tímidamente, viajes cada vez más largos, siempre dispuestos a encontrar nuevos viejos amigos que nos recibirán de brazos abiertos.

Quizás, con un poco de suerte, encontremos algún automovilista que, a través de las ventanillas de su jaula de acero, note extrañado aquel personaje que pasando en una motocicleta, con el viento en la cara, lo mismo a pleno sol que bajo lluvia o frío, parece feliz y ajeno a todo, con una sincera e incomprensible sonrisa en el rostro.
Quien sabe si así liberaremos de su encierro a un futuro hermano motociclista más.