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lunes, 31 de octubre de 2016

El desorden

La mayoría de las personas cree que el orden es sinónimo de una vida mejor. Esto se debe, según el economista y periodista británico Tim Harford, a que la mente humana tiene un apetito voraz por sistematizar, clasificar, planear y estructurarlo todo. En su más reciente libro Messy, Harford argumenta que por eso mismo la gente sucumbe con frecuencia a esa tentación de tenerlo todo bajo control.

“Lo hacen el orador que se pega a un libreto, el jefe que obliga a sus subalternos a arreglar su puesto de trabajo, los padres cuando les dicen a sus hijos que ordenen su cuarto, la gente que insiste en organizar su cuenta de correo electrónico o que llena largos cuestionarios en los sitios para encontrar pareja”, dice. Según Harford, que trabaja en el diario The Financial Times, donde es conocido por el seudónimo del Economista Camuflado, todos están equivocados. Aunque se necesita cierta organización para que el mundo marche, como en la aviación o en una biblioteca pública, en otras circunstancias ese instinto a veces no deja apreciar que el caos, la imperfección, la improvisación y todo lo que perturba el orden son necesarios para la creatividad y la productividad. 
Así como el desorden puede ser evidente, también puede haber uno mental causado por la distracción, lo inesperado o el cambio súbito de contexto. Este tipo de situaciones, que todos evitan, pueden ser muy provechosas.

En los ambientes laborales, por ejemplo, la gente que siente la compulsión de arreglar su escritorio se percibe con frecuencia desmotivada e inútil, y esto sucede, según Harford, porque los “espacios ordenados parecen funcionales, pero no lo son”. Los estudios científicos muestran que las personas que organizan sus documentos, conocidas como “archivadores”, son menos productivas que aquellas que dejan que cada hoja de papel se acumule alrededor de su espacio de trabajo, llamados “aglomeradores”. Para estos últimos, el desorden es un recordatorio de que hay que trabajar. 
Además, su forma de manejar la desorganización no es del todo caótica. Al poner cada documento encima de otro a medida que van llegando, lo más reciente o lo que se consulta con frecuencia queda siempre arriba. “Es menos elegante”, dice Harford, pero más eficiente. De hecho, así funciona la memoria de los computadores para que los documentos nuevos siempre estén de primeros. “No es un arrume desorganizado, sino una estructura por la cual lo que se usa se mantiene visible y asequible, mientras que lo que no, se queda en el fondo”.

Por el contrario, la gente ordenada tiende a archivar todos los documentos recientes en fólderes y armarios, pero con el tiempo le cuesta trabajo recordar dónde ha ido a parar cada cosa. “Esos gabinetes terminan siendo cestas de basura altamente organizadas”, dice Harford. Con el correo electrónico sucede algo similar. Para mantener limpio el buzón, mueve los mensajes a carpetas, pero según la evidencia, los que solo usan la función de búsqueda encuentran más fácilmente lo que necesitan. Y pasa lo mismo con la compulsión de llevar calendarios. 

Un experimento realizado con estudiantes mostró que quienes organizan su horario de estudio mes a mes tienen mejores notas que quienes planean a diario su agenda, “porque adoptaron un sistema más libre, imperfecto y variable que el de los otros, que se imponen a sí mismos un esquema muy justo que fácilmente falla en el mundo desordenado de hoy”, dijo Harford a SEMANA.

Además, los espacios físicos también pueden jugar un papel importante a la hora de estimular o acabar con la creación. Un ejemplo palpable está en dos edificios icónicos de Estados Unidos. Uno, construido por Frank Gehry en 2001 en Los Ángeles como sede de la agencia Chiat/Day, que se diseñó para fomentar la creatividad de sus trabajadores. El otro es el edificio 20 de MIT, en Cambridge, en Estados Unidos, una estructura de madera construida durante la Segunda Guerra Mundial de manera temporal. El primero es una obra de arte, pero el segundo, un lugar horrible en comparación, es el más productivo de los dos. Allí se desarrollaron las ideas más asombrosas del siglo XX, desde la comunicación con microondas hasta el primer reloj atómico. Esto se logró porque para los trabajadores la estética del lugar no era importante y quien necesitara demoler una pared o montar un aparato para su trabajo tenía luz verde para hacerlo. 

Otro ejemplo de la magia del desorden es el del músico de jazz Keith Jarrett, quien en 1975 aceptó una invitación de una joven de 17 años para ofrecer un concierto en la ópera de Colonia. Unos minutos antes de la presentación, el artista notó que el piano estaba desafinado y las teclas se pegaban. Jarrett regresó a su carro dispuesto a irse y dejar plantados a los 1.400 espectadores que habían pagado por verlo. Pero, ante las súplicas de la joven, aceptó regresar y, en la medida en que improvisaba en este piano aparentemente intocable, produjo su mejor trabajo artístico: el Concierto de Colonia, con más de 3,5 millones de copias vendidas. “La lección es que las perturbaciones y los obstáculos pueden ayudar a la gente a ser creativa, a encontrar nuevas soluciones”. 

Esto es totalmente cierto en situaciones sociales. Debido a que los seres humanos tienden a agruparse con gente parecida a ella misma, es difícil lograr un verdadero ‘desorden’ en grupos colaborativos. Eso se ha visto en investigaciones en las que los participantes señalan que quieren conocer personas de diversas profesiones, pero, a la hora de juntarlos, se agrupan con sus pares sin saber que “las conexiones espontáneas y las interacciones con extraños producen mejores resultados y una mayor probabilidad para resolver problemas”, dice el experto.

El mensaje de Harford es que con frecuencia la gente les da el control a sistemas de organización, ya sean computadores o métodos de organizar, cuando la realidad es que un ambiente más desordenado e improvisado puede ser más efectivo, en especial a la hora de enfrentar situaciones inesperadas. Como sucedió con el avión Airbus 330 de Air France, la nave más sofisticada del mundo, que cayó en el Atlántico en 2009 porque al desconectarse el piloto automático las tres personas al comando de la nave se confundieron sobre lo que estaba sucediendo.

Es lo que se conoce como la paradoja de la automatización y sucede en muchos escenarios, desde los operadores de plantas de energía nuclear hasta el simple hecho de que ya nadie recuerda un teléfono, ni sabe hacer una operación aritmética. “Mientras mejores son los sistemas automatizados, menos práctica tienen los humanos que los vigilan”, dice. En el caso del Air France 447, el piloto más experimentado había volado manualmente apenas por cuatro horas en total en los últimos seis meses. 
La otra recomendación es dejar de sentirse mal por el desorden. Benjamin Franklin, inventor, político y editor, encontró al final de su vida que a pesar de todos sus esfuerzos nunca logró organizar su oficina ni su calendario, lo que consideraba un defecto de carácter. Como le dijo Harford a esta revista, “ese desorden le estaba ayudando o al menos no le hizo ningún daño, pero, aun así, él se sintió culpable por eso”. 

Por eso sugiere a los padres dejar la cantaleta a sus hijos para que arreglen el cuarto y a los jefes les pide que hagan lo mismo con sus empleados. “La evidencia científica muestra que, cuando otros toman el control de organizar el desorden propio o imponen un sistema de orden, la gente se siente improductiva, resentida e incómoda”. 

domingo, 2 de octubre de 2016

El técnico que parece un científico

A los 46 años, el alemán Thomar Tuchel es lo más parecido a un científico metido a entrenador de fútbol, es un intelectual, un innovador constante al frente del Borussia Dortmund que será el peligroso rival del Real Madrid.

Tuchel, camarero en su etapa de estudiante, licenciado después en Economía, amante de las matemáticas y la meditación, vegetariano, lector voraz... Sin el carácter arrollador de Klopp, su mensaje académico también ha calado en el vestuario, donde ya no sorprenden sus revolucionarios métodos.

Sin futuro como futbolista profesional por culpa de una lesión de rodilla, empezó joven la carrera de entrenador (mejor nota de su promoción). Llamó la atención en el Mainz, firmando buenas campañas con un club de apenas 15 millones de euros de presupuesto. Se marchó por aburrimiento. «No creo que pueda aportar más aquí», dijo en su despedida en 2014, antes de alejarse un año de los banquillos para avanzar en su formación. Visitó entrenamientos de otros clubes y otros deportes, estudió Estadística, se matriculó en Filología Inglesa y en Educación Física. En la universidad se empapó de las ideas del profesor Wolfgang Schöllhorn y su teoría científica sobre los diferentes tipos de aprendizajes que requieren los deportistas, en vez de la rutina de repetición clásica en los ejercicios. Un método por el que también se interesó Pep Guardiola.

Diagonales

Los futbolistas del Borussia se miraron asombrados una mañana al ver el rediseño del campo de entrenamiento que había hecho su entrenador. Dibujó Tuchel la zona de ataque en forma de diamante, sin córners, indicando la dirección de entrada al área a sus volantes, de fuera hacia adentro. La portería está en el centro, así que mejor aparecer por allí. Estarán más cerca del gol, les explicó desde su lógica. En cinco minutos de atención al Borussia se confirma su vía favorita de ataque. Reyes de las diagonales. Esta temporada, además, ha incorporado a dos interiores rapidísimos que encajan como un guante en esta filosofía, el francés Dembele y el portugués -campeón de Europa- Guerreiro, dos diablos a vigilar por el Madrid. De sus llegadas se beneficia Aubameyang, goleador y heredero de Lewandowski.

El control de Tuchel sobre los futbolistas rebasa el terreno de juego. Se mete con ellos hasta en la cama. Controla las horas y la calidad de su sueño con programas informáticos, sin pasar por alto la dieta. Estricto al máximo con la alimentación, cuida lo que comen en casa y en el vestuario, donde prohibió al llegar la pasta que el mejor italiano de Dortmund enviaba después de cada partido.

En los entrenamientos no deja de innovar. Un día malabares con pelotas de tenis, otro avanzar tocando el balón sólo con la rodilla o jugar sujetando un objeto para así «acostumbrarse a no agarrar al contrario», les justificó. Una de las peticiones que más sorprendió en el club fue cuando pidió que organizaran una sesión técnica con el Alba de Berlín... Un equipo de baloncesto.

Quiere que sus futbolistas inventen, que se equivoquen y vuelvan a intentarlo. Empapela la caseta con frases motivadoras, una de ellas de Michael Jordan: «He fallado más de 9.000 tiros en mi carrera. He perdido casi 300 partidos. 26 veces no he metido la canasta ganadora en el último segundo... He fracasado una y otra vez en mi vida y eso es por lo que tengo éxito». El intervencionismo de Tuchel salpica las costumbres de convivencia de la plantilla (obliga a que coman juntos en la misma mesa) y también su ocio, recomendándoles lecturas. A Mkhitaryan, ahora en el Manchester United, le animó a probar con un bestseller sobre motivación para tenistas (The Inner Game of Tennis, de Timothy Gallwey). «Parecía que estaba escrito para mí. Encontré todas las respuestas que necesitaba», dijo después el mediapunta armenio.

Fuente: Diario El Mundo